MACHA MACHA MEN

La leche se echó a perder porque Laura dejó abierto el refri. Costó lo que un jale y tú no puedes cerrar esta madre: resonaba en su cabeza al detener el hielo entre la fosa del codo y el ojo morado, reclinada sobre el sofá y zigzagueando los vellos de las piernas con un hilo, como Marlina le enseñó entre deseo y suspiros.


Aprendió a hacerlo en prisión, también los golpes y abusos por ser transexual, a no confiar su desconfianza en nadie.


Le veía desde el comedor, cenando un puerquito de piloncillo y la leche echada a perder. Así demostraba culpa y arrepentimiento.


—¡Quiero unos pulpitos! —dijo la nena.


Tenía diez años. Sabía que si pedía de comer dejarían de pelear.


Papá se lo enseñó. Cruzaba la frontera con metanfetamina en el techo y ahora estaba encerrado. Los electrodomésticos del lugar se repartían entre Marlina y él.


Marlina echó a andar el sartén con aceite, lavó la tabla de madera, sacó las salchichas e improvisó los tentáculos del embutido aquel.


Prostituirse no le era tan desagradable como que Laura lo hiciera. Moría de celos mirándole las piernas. No tenían fin, sólo los medios: vigilar y castigar hasta cosechar de un erial.

Fotitos del direcThor Luis Gutiérrez