ÁNGULOS

ÁNGULOS

Fue en la mera noche, cuando el avión pasó por la oscuridad. Llegaba esta máquina gigante, un andamio de acero y motores: su vuelta a la tierra en la pista, que estaba marcado por luces a cada lado de la vía. Sentí mi cuerpo cansado, pero no vi el fin. Ya no. Los auxiliares del vuelo se despidieron. >>Gracias, que le vaya bien usted<< creo que fue eso, pero ya no entendía nada más. Ni español, ni nada, casi se me perdió en mi sueño. Tengo que dormir ya, ahora mismo, pensé. Por el corredor pasaban otras personas. Cansadas, tranquilas, pero felices. ¿Y yo? 

Caminaba por el pasillo: bajábamos de los vuelos llegando. Busqué el retorno del equipaje, pasando a más trabajadores del aeropuerto con sus chamarras en colores brillantes. Colores que me picaban los ojos. El techo no era alto, eso sí fue un cambio del pasillo pequeño, el anterior, que estaba construido de metales claros. 

Con la mochila pasaba por los controladores, que realmente sólo observaban mi pasaporte, antes me saludaban, me deseaban un buen paso. Ya separado de los otros pasajeros seguí el corredor, entraba a una sala grande. Las paredes de una pierna elegante reflectaban la luz de arriba. Todo era muy claro, y evidentemente llegué, hasta mi cuerpo actuaba animado de nuevo, levantándose de un estado cansado, medio dormido. 

Pasaba a la gente: personas durmiendo en el suelo. Los que perdieron sus vuelos u otras que esperaban a que llegaran sus familiares, amigos, pues qué supe yo de a quién estaban esperando.

Frente al edificio había mucha acción. Autos que paraban a dejar gente. Otros taxistas que, cinco a la vez, me preguntaban si necesitaba ir al centro. Pero andábamos ya en las horas de la madrugada, llegaba la tercera hora de la mañana. No puedo llegar a esa hora al hostal, pensé. Fijé el cielo de la noche delante del edificio, en donde las luces del aeropuerto se mezclaron con la oscuridad alrededor de los cerros que ya no pude ver. Me senté. Vi un enjambre de mosquitos. Poco a poco la gente se iba. Había otros, que no me parecían menos perdidos que yo. 

Deberías hablarles. Júntate con ellos, pensaba en ese momento. Pero moví mi cabeza a otras luces. Vi a los mosquitos de nuevo. Intenté fijar a uno de ellos y perseguirlo con mis ojos, pero apenas me era posible pensar claramente. Perdí rápidamente al mosquito. Se fue. Y no podía hacer nada más, se había perdido en las luces de las puertas. Se me fue como todo. Como todo lo que no pude perseguir. Adelante, para ver qué pasa… Volví a la sala: las luces de las losas del suelo y de las paredes dentro del aeropuerto. 

Ya estaba llegando el momento de también bajarme al suelo y dormir. Para esperar la subida del sol y el momento en donde podría entrar al hostal en el centro. Estaba nervioso. Apareció un hombre que trabajaba en el aeropuerto, eso ví en su ropa. >>Te ves cansado<<. Pero no pude responder mucho. Sin embargo, me ayudó a pedir un taxi. 

Veinte minutos después salíamos del aeropuerto, dejando las luces fuertes y entrábamos a la autopista. Alrededor no había nada que ver, pero el ambiente cambiaba. >>Justo atrás es la ciudad<< , me contó el conductor del taxi. Es muy fácil esta ciudad: las calles del norte llegan al sur, las del occidente al oriente<< . Me impresionó el ambiente. Realmente la luz cambiaba de nuevo. El sol ya no subía. La luz cambió. El taxi me llevaba bajo las luces de la ciudad, mientras yo veía solo oscuridad. 

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Por J.R.Weiss

Gran Homenaje al Maestro Víctor Soto Ferrel

La Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UABC campus Tijuana, en su  35 aniversario, rindió un homenaje a la trayectoria del Mtro. Víctor Soto Ferrel, enorme promotor de la literatura, el cine y una figura importante como docente en nuestra ciudad.

Están bajo tierra

Dejando las tumbas múltiples de la historia de Tijuana, en el panteón de “Puerta Blanca” se escuchó de un altar en Playas, muy cerca del muro fronterizo, en memoria de 12,000 hijos que han muerto tratando de cruzar al otro lado