Corazones pusilánimes

Marco Antonio Howard Obregón era técnico reparador de frigoríficos. Gigantescos monstruos máquina y cámaras de refrigeración que almacenaban el destino del mundo: genético, agropecuario,  farmacéutico, etc. Para los proveedores el mantenimiento del equipo era un mejor negocio que la venta. Así que vendían tan barato que nadie se cuestionaba la calidad de los productos fabricados en Turquía. 

Howard visitaba Tijuana por lo menos dos veces al año. En ambas asesinaba. Era uno de los técnicos encargados de la sección californiana, pero como había clientes que se sentían más seguros con la pericia de la compañía americana contratada que con los paisanos producto del outsourcing, pues ahí venía el gabacho. 

Y en ambas ocasiones mataba. 

Howard no era ingeniero, pero sí un buen lector. El hábito ligaba a un tío, un escritor famoso de ciencia ficción y realismo sucio. Las últimas palabras de su mentor literario habían sido para él: hasta tú Brutus, le reclamara. 

En Tijuana atendía enfriadores de supermercados y tiendas de conveniencia: comercios de cabecera para la clase trabajadora. Marco Antonio Howard revisaba el vadémecum, bebía de su ginebra en agua embotellada y con una menta en la boca echaba a andar la cosa. Tal y como si se tratase de un laboratorio o una multinacional en suelo norteamericano, aunque sin apagar la noche desabrida y taciturna de sus víctimas. 

El jefe directo de Howard, el coordinador de la sección California A, Oeste 2, pensaba en llamar al primogénito igual que su mejor técnico reparador (por supuesto que no se trataba de la tragedia latina persiguiendo el primer bautizo, sino Howard, su nombre americano, el verdadero). Así de bueno era el humor del que hace pacto perentorio consigo, Dios y los países pobres. 

Era por las noches que el gringo soltara la greña de su militar undercut. Alto y guapo. Fortachón y con la testosterona reluciendo en la naciente barba. Ni un sólo producto de belleza. Una barra de jabón de la cabeza a los pies y salía al taburete de algún bar de la calle Revolución a beber. Convivía poco y hablaba su educado español. Soy tatuador, me llamo Sigbjørn y vengo de escandinavia, decía y terminaba pescando un número. 

Jamás marcaba. En cambio tenía otro contacto. Al que llamaba desde un celular comprado al cruzar la frontera. Enlazaba y preguntaba: ¿hay chica?

Y al cliente lo que pida. A ella se le ofrecía la millonada por ir a un bar y no al hotel directamente. Por lo regular era una mujer guapa, de ojos color hilo musical y la esperanza a flor de labios. Acariciar un gato y llenar la casa con catervas callejeras sería su habitación propia. Se tomaba un trago de civilizada jungla y un producto social se encargaba de ella: soy tatuador, me llamo Sigbjørn y vengo de escandinavia…

Tres o cuatro bares y casi cien personas conociéndolo como el tatuador de trabajos especiales de un taller chilango que, no está de más decir, ni noción tenía de la publicidad que el mentado vikingo hacía de gratis. 

Noches de cócteles que concluían cerca de un residencial cercado por barrios tristes y paracaidistas en casas de cartón y, ella, con las copas de su retiro encima, pensando en las uñas de la jubilación, el crédito a invertir las ganancias o las despensas de familiares y conocidos que podría completar, perseguía la invitación a alguna conecta o etc., detrás del enorme caballero, a punto de montarlo en alguna callejuela y ser degollada justo después de que Howard pidiera el transporte al hotel en Zona Río desde el mencionado móvil. 

La millonada sería para que la investigación por homicidio quedara en eso o que el feminicidio hallado por la Fiscalía General fuera asunto de nota roja y nada más.

Al día siguiente cruzaba la frontera como hombre nuevo y sin resaca. Pasaban meses sin que el trabajo rompiera su rutina para hacerle regresar. Algo así como morir de aburrimiento y de tristeza simultáneamente: ¨la libertad no es para corazones pusilánimes¨, leyera alguna inolvidable vez.