Privilegio chicano

por Jonathan H. Padilla Naranjo

Vaya palabras tan estereotipadas.

Un par bastante elocuente y particular, aunque no me preguntes, parecieran opuestas. Una discordia con la que muchos se sienten identificados y estigmatizados. Yo lo hago.

Un efecto que viene a recordarnos sobre los orígenes de la mayoría de la población originaria habitando en las ciudades fronterizas desde la ciudad de Tijuana hasta El Faro Bagdad, de los que se atrevieron a cruzar un Río Bravo, y empezar de cero en el país de las oportunidades y los sueños.

Hace un par de días me encontraba ‘scrolleando’ por el feed de Facebook videos, me encontré con un joven adulto haciendo comentarios sobre el sueldo de un mexicano, condenando a que ganar 3 mil pesos a la semana era para tontos. ¿Me quedé sin palabras? Obviamente, porque ese sueldo no lo ganan todos los mexicanos, y segundo por el comentario tan despectivo a sus “paisas” que la sufren todos los días por llevar el pan a la mesa en su país de origen. Nuestro país de origen.

Me pareció un reflejo fidedigno de la percepción de un chicano hacia un mexicano, de esos que le echan ganas trabajando en el campo, en la obra, o hasta en una oficina de 8 a 5.

Recordarnos sobre nuestros orígenes, defectos, transgresiones, culpas, errores, cualquier término no benéfico para nuestras vidas, pero, sobre todo, los beneficios fue algo que no pude dejar de traer de vuelta a mi mente una y otra vez.

Habla un niño que creció acompañando a su mamá todos los fines de semana a trabajar del lado norte de la frontera.

Concordando en que trabajar no solo era el acto en sí, sino todo el desplazamiento con haberes y por haber. Un evento que fácilmente tomaba en esos tiempos 2, 3 o hasta 4 horas como mínimo.

Mira, después nos dirigíamos a algún departamento, casa de playa o mansión (cualquier casa de tamaño promedio que no fuera la pequeña casa móvil en donde vivía con mi madre) que estuviera en la agenda para realizar todos los ejercicios de limpieza que fueran posibles. Mi madre tenía a sus patrones, a los cuales conoció incluso antes de yo haber nacido. 

Así ocurría todos los sábados, como mínimo, solo para ganarse algunos dólares extras y sacar el gasto de la semana. 

Mis tareas eran muy sencillas, regar las plantas, sacar la basura, limpiar los ventanales, vidrios y espejos, limpiar las desgracias de las mascotas, barrer los patios y algunos baños. La verdad no le veía ningún inconveniente en pasar mis sábados de esta forma, puedo decir que lo disfrutaba bastante.

Claro que no todo era trabajo, los ‘refris’ estaban siempre llenos de postres y frituras que tomaba sin que nadie se diera cuenta; lo difícil no era tomarlos, sino esconder las envolturas en la basura y comer lo suficientemente rápido y en silencio para que nadie ni nada lo notara. 

Poner las caricaturas de fondo y distraerme cada 10 mins por no querer perderles la pista era algo que hacía enojar a mi mamá bastante, lo sé, pero igual estaba ayudando a mi insignificante manera. 

Tenía muy en cuenta que al final del día podríamos pasear por la playa o ir a comer algo, así que lo hacía de buenas y eso se notaba.

Mi patineta era mi fiel compañera en cada uno de estos viajes. La televisión americana fue la que me enseñó que eso era lo más divertido que un niño como yo podía hacer, y no podían estar más en lo correcto. Y es que puedo decir que patinar en California es de las cosas más divertidas que puedes hacer. Sentir la brisa del mar, escuchar el viento, ver a tantos otros patinar, los bikinis, andar por esas banquetas y calles tan bien pavimentadas y cuidadas, no solo le hacían bien a mi patineta, sino a mi alma.

Ahí fue cuando empezó ese amor tan idealizado, que, al día de hoy, es tan real como el andar por las aceras de esas calles, disfrutando del viento, la brisa, el sol, mientras me impulso hacia adelante independientemente del lugar en donde esté. 

Habla un privilegiado que se llevaba su patineta porque sabía que las playas de San Diego eran ideales para pasear por un buen rato.

Que sabía lo que era una hamburguesa con sus respectivas papas y refresco y el drive-thru.

Que conoció la Ross, el Innout, las papas del Jack in the Box.

Que la vida le cambió por haber conocido a Taco Bell a sus 1 a 3 años y aún no superarlo, porque es divertido, pero pocos están dispuestos a aceptarlo. Claro, no es comida del otro mundo, pero cumple con los requisitos para ser considerada una delicia “chicana”, y no es queja.

Mis privilegios no fueron muchos, a decir verdad, podría incluso considerarlos como desilusiones.

Pero considerando que el país en donde yo vivía no tenía ninguna de estas características, en donde caminas por la calle y esa sonrisa (a fuerzas) del típico gringo amable no existe, en donde tirar un envoltorio de papel en la calle no es motivo de una multa, en donde dar el paso es más importante que entrar primero y en donde el salario mínimo de una hora es lo que un empleado de este lado de la frontera hace en todo el día, puedo decir que experimente el privilegio chicano de primera mano. 

¿Pero qué es el ser chicano realmente?

Lamentarse todo el tiempo por el poco conocimiento del concepto es uno de los orígenes de los que el mismo chicano se arrepiente, como un peso con el cual cargar, porque es ya un calificativo, un sustantivo me atrevo a decir. Pero precisamente esto es el inicio de la problemática.

¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? 

¿Por qué se niegan a sí mismos?

¿Por qué “nadie los quiere”?

¿Qué tan relacionados están con el concepto de, y me permitiré mencionarlos en esta ocasión con toda la libertad que las letras me lo permiten, los “cholos”, los “homies”, “pochos”, “malandros” o como usted quiera decirle o le enseñaron sus padres? Son(mos) ideas, conceptos ya muy comunes en muchos lugares de Latinoamérica. 

La figura del ‘pachuco’ se resume en el joven que prefería usar sus vestimentas grandes, pantalones de tirantes, artículos ostentosos decorando su vestimenta llamativa, sus sombreros con plumillas de primera gama, algunos incluso con carros de alta gama y con un carácter que se definiría como estrafalario, afortunado, desastroso, pero siempre con una elegancia y clase que se distinguía en su tiempo.

Existían no solo para portar un estilo definido, sino para complementarse fácilmente como unos rebeldes, incluso podrían llamarlos de manera despectiva algunas personas que vivieron en la década de los 1930.

Un grupo de “vagos” que solo buscaban divertirse, pasar el rato y convivir haciéndoles segunda a algunas pandillas en Estados Unidos, eso es lo que hacían. Crean un concepto en el que no tenías que estar mal vestido para ser un ‘desmadre’, todo se vale.

Como raíz, la palabra, se dice tiene sus orígenes en la frontera de Ciudad Juárez y el Paso Texas, lugar al que se le asignaba la expresión “el chuco”, siendo así la expresión “¿Vas pal chuco?” nada fuera de lo normal, el pan diario.

Una actividad bastante común para los documentados, ciudadanos o residentes de esa área, la frontera, y a las personas que vivían intentando cruzarse/cruzando al lado norte de la frontera se les concedió este nombre: El “pal’ chuco” o “Pachuco” que hacía referencia directa a cruzar de México al lado norte de EUA específicamente por la frontera de El Paso.

Curiosamente la mayor parte de estos individuos provienen de familias latinas residiendo en Estados Unidos que adoptan este nuevo concepto y lo traen a México.

Es aquí cuando entro en materia, uno de los puntos de los que quiero hablar.

Adoptado después por muchos otros segmentos, podemos decir que un característico era esto, precisamente, una culturización del latino en EUA, un vaivén de culturas, una mezcla, la “mezcla perfecta” como diría el buen Fermín IV, una renovación cultural, el mestizaje de los usos, pero aunque California y Texas eran los estados con más inmigrantes mexicanos y latinoamericanos, los había por todas partes. 

Pongamos en balanza algo:

Un grupo de personas que tenían acceso a fiestas, bailes, y excesos que no todos se daban el lujo de tener, el motivo, tal vez su juventud los cegaba hacia otras responsabilidades, pero es real, vivían el sueño de muchas personas, lo hacían en menor o mayor medida, asegurar un empleo, un sueldo, una rutina y aún repartir a sus seres queridos. La vida.

¿Me pregunto, es esto el sueño americano? ¿Los inicios de ese sueño? ¿La idea que se nos presentó de ese sueño? La culturización de muchos elementos y evolucionando. Podemos observar que estos inmigrantes empezaron a formar familias dentro y fuera de ese sueño. Se suma aquí también otro segmento que mayormente proveniente de familias marginadas, y que tomaron una decisión importantísima: dejar todo atrás e intentar cruzar, de forma ilegal, la frontera sur del país vecino del norte. Ahí, se esforzaron por que a sus hijos no les faltara nada. En todas sus variantes las familias latinoamericanas (en EUA) podrían involucrarse en tareas y trabajos que los relacionaban directamente a las actividades económicas, claro quedaría que del más bajo grado, gracias a su desventaja social, pero con la oportunidad de percibir un sueldo en una de las monedas más consolidadas a nivel mundial, el dólar americano. 

Beneficios, probablemente no contaban con los necesarios, pero habría que destacar algo aquí en lo que profundizaré más adelante, y hablo de la principal fuente de ingresos a nivel nacional en México, el vecino sur de EUA con las remesas. Le siguen después el petróleo, la inversión extranjera y turismo, las exportaciones están después. Así que sí, a los latinos en Estados Unidos les iba decentemente, al grado de mandar una gran parte de estos ingresos a sus familias de vuelta en México. 

Todo esto se ha visto reflejado desde los años 90’s cuando la inmigración tuvo un boom internacional debido a las altas en la inseguridad, la falta de confianza en el gobierno mexicano (gobiernos tercermundistas all over Latin America) .

Volvamos pues a este concepto de vida que, honestamente, la mayoría de los inmigrantes no se podía dar: los pachucos, diferenciados abruptamente entre inmigrantes y binacionales, segmentación de la población que viviría en constante contacto con EUA, de forma legal. 

Y para todo esto cabe aclarar que yo solo hablo desde mi “pequeño privilegio chicano”.

Quiero hablar y hablarles de y a todos esos “pochos”, que en EUA se sienten los más “mexicanos” del mundo, pero cuando llegan a México olvidan de cómo hablar español, criticamos e incluso discriminamos a los que han decidido quedarse en México, porque sí, muchos mexicanos han decido, en toda la extensión de la palabra, quedarse a vivir en México.

No quiero empezar a generalizar, todos tenemos un concepto diferente y experiencias únicas respectivamente, ¿pero realmente existen estos chicanos? ¿Existen estos individuos que “pendejean” a los que deciden ganar en pesos mexicanos, quedarse con sus familias, o que simplemente prefieren no cruzar una frontera que solo sirve para recordarnos que las diferencias no son reales, sino mentales, y que el simple hecho de tener más poder adquisitivo pareciera ser sinónimo de despotismo, arrogancia y soberbia?

Nos enteramos nuevamente este enero pasado que la fuente de ingreso principal a nivel nacional, vuelven a ser las remesas por otro año consecutivo incluso después del petróleo. Sí, del petróleo.

¿De qué habla esto? Una moneda expotenciada en un 2,000% puede hacer muchas cosas, y por más que queramos (como personajes activos económicamente hablando) hacernos de la vista gorda sobre que la inversión extranjera esté dos posiciones más abajo en la tabla de ingresos nacionales, me dice de una funcionalidad económica que a todos conviene, pero nadie quiere ver.

Los “pobres mexicanos” que trabajan en EUA y mandan un gran porcentaje de sus percepciones de regreso a sus familias en México están sosteniendo la economía de alguna u otra forma, sus aportaciones rodean por los 40k millones de dólares, y aún haciendo esto, tienen el suficiente capital para vivir “minimalistamente” en suelo gringo.

Es una guerra de egos, de los que deciden irse y de los que deciden quedarse, y el campo de batalla más devastado (y quiero decir beneficiado) es el lugar más problemático de América, la frontera Mexico-EUA. ¿Cómo los extranjeros que vienen de colonias, ciudades, o países más alejados del famoso “sueño americano”, de la tangibilidad del malinchismo, de la guerra del ego cultural, del altruismo mal transversado y del turismo hiper-individualista, todos, son caricias de la facilidad del ir y venir de los beneficiados por estas diferencias porque viven alejados de esta estigmatización? 

Me causa un furor, es increíble. Como el activismo social nacional es más real, difícil y funcional, que un mexico-americano que porque deja dólares de propina se siente la madre de Calcuta. 

Obviamente no tengo mucho que decir, en lo personal prefiero mil veces ver Bob esponja en ingles que en español, lo siento, así sucedió, pero ver esas camionetas negras, polarizadas de todas sus ventanas, con placas customizadas de california y corridos a todo volumen, sin ley ni beneficio, se me hace lo más cabrón por aceptar. Es la actitud lo que me molesta.

Llámenme amargado, tal vez lo soy.

La discordia de los programas de rescate, apoyos sociales o económicos a gente en situación de calle, la falta de centros de rehabilitación gratuitos y de medicamentos para las víctimas de la segmentación cultural y la cantidad de dinero que entra al país definido en dólares americano es imposible.

Y entre tanto, se convirtió en un privilegio.

El privilegio de considerar mis opciones de empleo por el simple hecho de aprender inglés.

El privilegio de recibir 20dlls por limpiar un patio y no 100 pesos por limpiar un terreno.

El privilegio de estar, y no estar.

De saber, de entender las diferencias, pero no concentrarme en ellas por ser muy pequeño.

De crecer con la alacena llena de productos extranjeros y no entender las diferencias.

El privilegio de ir, regresar y sentirme bien por haber experimentado y vivido privilegios que no eran míos, que no existían en mi país, pero que pude ver con mis propios ojos.

El privilegio de no disfrutar los sábados por tener que irme a trabajar.

El privilegio de tener una madre ausente porque tenía que limpiar 2 o hasta 3 casas por día.

El privilegio de poder haber ido a una escuela privada.

El privilegio de que un dólar no era nada, pero saber que era todo lo que podía gastar en el receso.

El privilegio de ver películas, caricaturas y canciones en inglés y entender que es lo que estaban diciendo.

El privilegio de contar con una riqueza cultural milenaria, pero al mismo tiempo decir que eres una minoría.

El privilegio de tener la opción de ser licenciado, narcotraficante, o ambas.

Porque ser chicano es ver como a los que no saben inglés, por más que lo intentan, no les va “tan bien».

Porque ser chicano es celebrar Thanksgiving con tamales.

Porque tienen(mos) privilegios.

Te recomiendo escuchar el mar, y a Junior H – Pakas en las Rakas

Paz.