Adán en el Paraíso

Vaya crimen la víspera anterior. Al día siguiente seguía de aquí para allá y con el corazón en una mano. De tanto en tanto lo rebotaba en las paredes de la habitación, cataplás, escanciaba un trago, cataplás, cataplás, abordaba el ordenador con versos testaferros que no pasaban de hoja en blanco. No volvería: la última mujer dispuesta a amarlo para siempre huía para no odiarle un poquito más. 

Despedidas, eso era todo lo que había. Llegas a un sitio, a alguien, a tu destino para saludar, hablar un poco del camino y despedirte. 

Pedro deliraba en aquello que él llamaba escritorio (oficina, comedor, máquina del tiempo), volteó hacia Larry Capucha, el Periquillo, cuya jaula abierta junto a su pupitre simbolizaba un caudal de libertad muy de nuestra especie:

—Rawr, chingaderas de la π, rwr, conscupi-rrrwwr…

No estaba mal para un ser tan pequeño. Concupiscencia. No importa si no puedes decirlo, pensarlo significa más de lo que crees. NOVID-19. Afuera el agua a domicilio recitaba: Caserita, traigo agua. 

Pensó en revisar su cuenta en AMOR.com. Bebió del wiski y durante dos minutos tecleó en garlitos sus procesos mentales.  Licenciado y becado, desempleado: archipámpano de buen tuntún, Pedro Rivera transcribía una herida que el mundo cicatriza todos los días:

Hoja en blanco.  Así también la bandeja de entrada del sitio web, del correo electrónico, del refrigerador, etc.

Echó un vistazo a las paredes: el fatal caroteno tras cada cataplás, el Munch junto a la ventana y sus cactáceos y las puertas del armario primero, y la del baño casi junto a la de la entrada después. Escuchó que tocaban… 

—Sigue imaginando —volteó con terror hacia el pajarillo— porque tú no escribes de la π. Era Larry Capucha quien hablaba, Pedro Rivera lo sabía, así que normalizó escuchar la voz de alguien más y no la de su mascota. 

Así regresó a roer el plexo de su inventiva: el destello de unos hombros ensordecedores colgando los tirantes de un vestido soleado en día lluvioso, dos piernas como relámpagos de un dios de la tormenta eclosionando en medio y la violencia del silencio en el pasillo de la librería en donde ella leía en paz. 

Larry Capucha agitó sus alas, pero el escritor estaba por abordar a la mujer leyendo junto al anaquel que concluía con la letra A. Desde el inicio de la pandemia, Pedro Rivera no iba a bibliotecas, librerías, ni a lugar alguno. En realidad salía sólo los domingos por la mañana para hacer la despensa, pagar los recibos, bañarse de luz y a las citas de AMOR.com. Pero allí estaba ella, dorada del sol y el cielo gris una vez más.  

Al voltear a verle se volvió otra recidiva. Medusa y su valladares (esclava o ídolo, nunca elige su destino). Pedro Rivera simuló seguir buscando un título por el pasillo, pero seguro que la exquisitez de aquellos ojos azabache profundo le sumergirían dentro de algo mejor y más pleno.

—Disculpe señorita —dijo sintiendo que desfallecía, sudando como un temazcal—… ¿sabrá en donde comienza la letra B?    

—¡La letra B! —repitió Larry Capucha. 

Ella apuntó con la cabeza hacia su izquierda, a unos pasos de donde estaba y volvió a lo que leía. A Pedro Rivera se le ocurrió que fuera el libro que él buscaba, pero por la silente expresión al responderle, decidió que mejor fuera un Isaac Asimov, un Louis Aragon, algún Anónimo (pero no Aristóteles).

—¡RAWR!

Merodeó un poco entre títulos, recuerdos y deseos hasta dar con El Segundo Sexo, tomándolo con trasunto suficiente como para que ella le considerara. Después de todo era producto de su imaginación: la mujer parada junto a él no sólo irradiaba, sino que titilaba un alma más grande que la realidad y su significado. 

De eso último Pedro Rivera dudaba, se confundía, así que vaya usted a saber.

Mary, Mary, Mary orgullosa… mamá, mamá, ahí vienen las tortillas de tortillerías Mary, decía otro ambulante. A la humanidad le gustaban los estribillos, resultan un buen atajo: cuenta con la tecnología más avanzada; 2×1; un arcoíris de todos los colores que imaginamos mientras llueves y llueves sobre mojado;  etc. 

Eso mesmo solía reprocharle Mariela: crees que tu alma es más importante que la realidad Pedro. Y lo hacía, no importaba cuanto lo negara o la verborrea invertida al tratar de arengar lo contrario. Daniela, la mujer que lo volvió un autor publicado en la editorial de su hermano, le aseguró que no era tan buen escritor como para alienar la realidad a sus ficciones: 

—Te mamas, de la π. Eres ordinario, tan ordinario. Disfruta del FONCA que te conseguimos, genuflexo sin futuro… 

—Rawr, genuflexo sin futuro… 

Cataplás, cataplás. Dejó la cosa por ahí. El amor es una llave maestra atrancada en cerraduras desgastadas, pensaba Pedro mientras miraba el corazón junto al teclado. 

Las tardes con Daniela eran de pernoctar cualquier etcétera, dormir sobre el otro arropados por pleitos y arramblarle hedonismo a ese asunto de querer por amor y no porque quiero. 

Pero cómo invitarla, qué decir. Cómo conquistar a su creación. Todas las mujeres que conoció estaban socialmente coaccionadas para enamorarse de él: escuela, oficina, detrás de un trago. Sonaban las ofertas del Super: Atún me dueles, cantaba Pedro Rivera mientras llenaba el carrito con botellas de Passport, comida para Larry Capucha, pan integral, verduras y latas y latas de atún. 

—Apuesto a que tienes un gato y tú sobrevives con comida para pájaro —dijo Ariadne al chocar su carrito contra el suyo (luego de espiarla por el supermercado), aunque ahora con ojos del color de la mujer que amaba. 

Marrón te arrepentirás eternamente era el tono en la mirada de Mariela. Pedro Rivera confesó todo luego del diagnóstico médico. Tuvo que dejar el despacho Hernández-Vázquez, tomar penicilina por un mes y soportar la infección venérea de algo que no volvería a ser. 

Daniela lo conoció siendo un hombre funcional: revisaba legajos en Bancorte y ella y su hermano necesitaban expandir el crédito familiar: economía Naranja, etc. Pedro Rivera tomó cursos de narrativa con el cuñado mientras los meses de amor pajarito le dejaban claro que él era poco más que una alimaña. 

Sin embargo, Daniela escuchó la obra maestra una y otra vez hasta el punto de editar la versión publicada en tres tirajes. Una historia de gente pobre para la clase media. Una madre sostenía el mundo mientras sus hijos pasaban la escoba. La novela terminaba con el Benjamín de la familia triunfando, un abogado listillo y en ruinas e hijo de bendiciones mayores que sus hermanos obreros, cobraba un seguro de vida tras el incendio que acabara con la vida de aquella su familia pobre. Editorial Nenes de Oro. Siempre desde el cuchitril de Pedro Rivera, pues el apellido de ella requería más que cócteles eugenésicos para mezclar familia. 

—¿Por qué no hallamos un lugar para nosotros, en donde tú escribas y yo tenga espacio para pintar después de la oficina…? —preguntaba Ary, de la que Pedro Rivera se despegaba a medida que escribía su segundo libro: una novela de ciencia ficción en la cual un planeta tomaba conciencia de sí mismo y acababa con todas las civilizaciones que intentaban explotarle. 

—Rwr, matrimonio, de la π… —aleteó y giró la cuadratura del círculo desde su percha. 

—¿Por qué llevas un seudónimo tan extravagante y ridículo Pedro? Estoy segura de que jamás habría levantado un libro tuyo por mi cuenta.

Así le llamaban desde el cuarto grado, cuando comenzó a ser el primero en clase. Mariela prefería que litigara, así que sólo reía y pensaba en otra cosa cuando Pedro Rivera leía sus textos. Daniela, por otra parte, le presentaba en la escena cultural de la ciudad como Pedro de la π,  de alcurnia cultural y etcétera académico: Mr Señor Don Nadie.

Pedro volteó a ver el corazón junto al teclado de la computadora y por un momento pensó que volvería a latir. Cataplás, cataplás. 

—Sístole y diástole de la π.

Ary, Ary, Ary orgullosa, cantaba Pedro Rivera arreglándose para salir en busca del nuevo sitio. Hoja en blanco. Se le ocurrió clausurar su AMOR.com, aunque podría tener sugerencias nuevas, solicitudes, etc. Iba y venía por la habitación. Buscaba una corbata, pero como las guardaba en el armario en dónde escondió el cuerpo de Daniela, optó por abotonar su abrigo hasta el cubrebocas.

Al salir a la calle los laboratorios sobrevivientes parapetaban genes y genes lanzando gases para neutralizar los gérmenes y bacterias aniquilando a las enormes bestias. La humanidad a punto de extinción por decisión del planeta Tierra y Pedro ahí, en el Paraíso.