
EL LÍMITE SON LAS ESTRELLAS.
por Víctor M. Campos
Estamos de acuerdo en que eso de vivir de la basura no es algo que nos pase a todos, ¿cierto? Ni de un día para otro, ¿verdad? Ya había tenido otros oficios poco glamorosos, pero esta vez sí me sorprendí a mí mismo. Bien dicen que el límite son las estrellas.
De pronto, ya estaba escarbando en la basura. Qué digo escarbando: ya tenía la mochila llena de latas y me lancé a venderlas. No fue hasta que me pusieron los 50 pesos en la mano que comprendí lo serio del asunto. Mierda, me dije: soy, oficialmente, un pepenador.
Razones siempre hay, ¿pero a quién le importan? Más vale que si vas ir cargando chingaderas éstas luego sirvan para algo: un bonche de cartón, unas latas, etc. Las razones me asombran porque, después de todo, las traes a cuestas pero ni por kilo te las compran.
Empecé con la mochila vacía a la espalda. El sol ya casi se metía y supe que el momento había llegado. Caminé lejos de mi casa y cuando me dí cuenta ya estaba frente a aquel bote de basura que, literalmente, escupía latas vacías.
Al principio da pena. Pero más pena da estarse escondiendo de la casera. Eso de hacer como que no estás en tu casa para que no vengan a cobrarte la renta, eso, eso sí es de dar pena ajena. Es como habitar tu vida, pero sin estar ahí: todo el tiempo con la luz apagada.
Así pues, y viendo que tantos otros lo hacen, me dije, ¡arre! ¿Qué puedes perder? No faltará quien quiera oír que perdí la dignidad y el respeto por mí mismo, pero la verdad nada que ver: yo me respeto y hasta siento un leve de admiración por mí. No todos pueden darse el lujo de caer tan bajo.
Me dieron 50 pesos por las latas y al día siguiente 200 por la caseta de un teléfono público que era toda de aluminio grueso. Estamos de acuerdo en que eso de vivir de la basura y contárselo a todo el mundo, no es algo que nos pase a todos, ¿cierto?
Tienes que vivir la experiencia.
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