En Bares nos Hacemos

Estos días de preocupación y desconcierto, tuve la fortuna de encontrarme con Tamara Kamenszain y “El libro de los divanes” que, a decir verdad, es una pequeña joya fácil de digerir… Mientras lo leía, abría vulgarmente… como la guarra que soy, con los dientes en la caguama que horas antes me había comprado y así: con el PDF abierto y sentada frente a un escritorio carente de pintura, de orden y cubierto por una capa delgada de cenizas de cigarros, todo esto al pie de la ventana que decidí dejar abierta, con la cortina de un lado y permitiendo entrar una corriente de aire, esa que te avisa que es ya tarde y que está por amanecer… Jugando con el tiempo y midiéndolo entre la rapidez en la que me termino un cigarro y prendo otro y la cantidad de tragos que tengo que dar para acabarme 1.2 litros de cerveza.

Mientras el tiempo (relativamente) pasaba y lo contaba de esa forma, las letras, los párrafos y todo me llevaban atrás, tan atrás que duele, porque siempre uno se recuerda libre, aunque posiblemente lo sea más ahora. Creo que esa “libertad” que se añora es la subjetividad de una mente sin recuerdos, una mente de pasado inestable que confunde felicidad y ¿por qué? Vamos a ver si Tamara lo explica mejor, con el siguiente párrafo: 

“Cuando salgo contenta de una sesión me siento en el 

                                                                          /bar de enfrente.

Y ahí sí, ahí sí que asocio libremente.

Porque ni bien la gente enciende sin mí los decibeles

                                                                       de su charla.

Ya sé que las servilletas me van a servir 

para ajustar unas palabras desteñidas

a los rigores de mi impresora cuando vuelva a casa.

Eso me gusta.

Porque escribir se escribe para constatar 

que no hay ningún inconsciente que aguante 

las ganas de futuro, la alegría de saber que aunque todo

                                                                                   /se repita

Algo siempre va a cambiar de la casa al bar y del bar

hasta la casa alguna novedad alguna letra chica

que arrastre otra vez los términos del contrato:

el diván le cierra a la boca

lo que no vale la pena decir

mientras abre para este libro nuevo

las expectativas del qué dirán. “

¿Aún no? Bueno, supongamos que recordé y me fui al “diván” color verde, con cenizas tiradas, lágrimas empalmadas en las mejillas, caminatas de atardeceres jodidos, emociones guardadas y demás cosas que hacen un “animal print” al diván de mi pasado, uno de ellos, si bien, les debo confesar primeramente que no es mi vergüenza ocultar que tengo varios años asistiendo sola a bares. Tengo mis 4 favoritos. A cada uno le tomé un cariño diferente, en cada uno aprendí a sentir el tiempo pasar de diferente manera; la barra y los pensamientos por lo regular eran similares:  pensar en todo y nada, pensar en ¿por qué?, ¿por qué no?, ¿por qué sí? Y un sinfín de por qués. Desde pasado a futuro cargo conmigo una libreta, aunque por espacio o desidia hay días en que uso el móvil y, como Tamara a la servilleta, yo a mis instrumentos los he utilizado por si algún pensamiento “mamador” se me cruza entre la multitud, la cerveza, la rockola y el humo. 

Ahora bien, paseaba entre mi línea del tiempo que, al inicio de mis visitas a las barras, me era tanta la pena de estar sentada a las 3 de la tarde de un miércoles pidiendo una cerveza como si la vida a los 18 ya me pesará de la manera que le pesa, supongo, a alguien de 50. ¿Qué tan brutos podemos ser a los 18?  ¿Se deja de serlo en alguna edad? ¿O hubo una edad donde no se era tan bruto como hoy? ¿La infancia? 

Llegaba esta joven a buscar un espacio en medio de la barra, pedía mi cerveza y alguna que otra persona se acercaba a platicar. Por lo regular eran personas mayores que iban a contarme de su vida, así que gracias a ellos aprendí y aprehendí a escuchar, cerrar la boca y hablar cuando era necesario, ya saben uno sabe cuando es suficiente, hasta cuando decir basta sin creer que hiciera falta, ojo todo esto a la actualidad lo sé porque por la anécdota uno hace faramallas y  para no quedar mal ante la vida de aquellxs ingenierxs, maestrxs, amas de casa, shalalala… Inventaba una vida, adoptaba un nombre similar a cuando vas al motel y lo cambias pensando que tal vez cambies por dentro, ¿no?

Igual podría poner ejemplo el dejar los zapatos en la entrada para no manchar lo que sigue de la puerta, dejando entonces el alma afuera… Supongo que es una manera de no aceptar y asimilar que lo que haces está bien, pero ante la moral de una sociedad desequilibrada hay que mentir para estar bien y yo ya tenía una moral distraída y precisamente al cuerpo, el sino de mi moral no estando centrada en mí, ni en nadie, ni siquiera estaba consciente que había tenido una. 

¿Yo? Adoptaba un nombre, un empleo, una carrera, una vida completa y me iba como “hilo de media”: derecho y hasta el fondo. Me sumergía en este juego del rol en el que yo no estaba, yo no era y a cada trago me convertía más en mi personaje. Desconozco si siempre existió la creencia total o alguno que otro mentiroso me reconociera, ya saben… entre mentirosos nos olemos, sin embargo, disfruté hacerlo por bastante tiempo. 

Hasta que llegó el momento donde pensé (les prometo que pensé) que tal vez alguna de esas personas que conocí, con las que charlé y compartí algunos tragos, podrían emplearme en un futuro, podrían ser mis suegrxs o podría topármelos en alguna circunstancia de la vida y como vivo es un constante karma, imaginé la vergüenza que podría tener ante tal situación, si es que hubiera llegado. Aunque lo pienso bien, no sería tanto la vergüenza sino la angustia de ver afligido a alguien cuando se entera que no eres lo que decías ser, supondré. 

Los años siguientes decidí ser “yo”, aceptar lo que era, lo que dejaba, lo que tenía y lo que podría tener, ya era yo, ya decía quién era, la vergüenza se fue despolvando del cuerpo con el paso del tiempo que me brindó la maternidad. Una vez que tuve a mi hijo, no había más por qué fingir, aunque quisiera… Yo era otra persona y no puedo huir, no podía y aún no lo hago, porque no está en mis planes y además no sé huir.

A la fecha, el bar/los bares se convirtieron en mi más fiel amigx, sin necesidad ahora ya de hablar, sino de estar en un bar, posiblemente de mala muerte, es lo que necesito para poder desarrollar mis ideas… Escuchar a la pareja de al lado pelearse por tonterías, del otro lado de la barra ver a dos profesores compartir experiencias y quejas de los alumnos, la o el bartender contar el dinero frente a mí, meseros (si es que algunos contaban con ellos) poner canciones en la rockola a cada rato, oler el humo del cigarro o mota que coleaba por los aires y escuchar alguna que otra cerveza o vaso caerse en el piso, retumbando en mis oídos… Todo eso me hace regresar, una y otra vez, estar para mi y no estar para nadie, beberme en un trago, ahogarme en un bar, repetir el proceso y llenarme de historias, sus historias que adopto como mías, porque nadie las ve como yo los veo, nadie los escribe como yo lo hago, porque son para mi la droga necesaria para poder seguir. 

Entre bares nos hicimos, entre un bar nos bebemos, entre canciones no hundimos.