El arco y el cesto

<<El doctor Hans Heller, cumpliendo con el menester impuesto por Lucy y la presente asamblea, identificó de inmediato la organización política y el rasgo de obediencia social con el que los nativos sustentaron una sociedad primitiva como lo fue la guevana, productora de excedentes de consumo sin recurrir a la espantosa institución laboral que Lucy, por medio de este salvoconducto, pretende reducir hasta su cese perentorio. Salve Lucy>>.

—¡SALVE LUCY! —responde la sala con ecolalia.

<<La investigación fue liderada por el antropólogo alemán que, habiéndose ganado la simpatía de la muchedumbre y, por ende, la del líder Tilim Balam en unos cuantos días, confirmó, apenas fuimos aceptados en la estructura del tiempo y el espacio selvífico, la patente en la oposición socioeconómica que significaban dos figuras totémicas de los guevanos. A decir: el arco y el cesto. 

Los guevanos exhiben el retroceso social del sedentarismo al hábitat inespecífico. No representan una tribu primitiva en sí, sino  un grupo de libertarios y anarquistas que, peleando guerras de guerrillas hace más de cien años, huyeron de Lucy al pico Bolívar, refugiándose entre los locales hasta alcanzar la amnesia industrial y la necesidad agricultora para ubicarse a 5 mil metros de altura sobre el nivel del mar.

Como este consejo reconoce, la región guevana salvó su destino del pandemónium del agua dulce en el continente americano, debido a su establecimiento a una altitud en la que ciertos cereales, como el maíz, no llegan a darse. Así la catástrofe ambiental provocada por la proximidad en la extracción de hidrocarburos de las piedras y la evaporación de salmueras de litio en América Latina, cuyos éxodos vaciaron el territorio hacia la Maloca del Norte, fue entendido por los guevanos como presagio de su preeminencia sobre el hombre blanco y la maquinaria industrial.

Así, siguiendo la tesis de estudios preliminares, el doctor y yo, Rupelio Santarrosa, decano en el Centro de Estudios de Culturas Subdesarrolladas en la Maloca Sudamericana y su asistente en el periplo, atestiguamos que, pese a contar con una institución laboral nugatoria, la producción agrícola y de excedentes era idéntica (en su debida proporción) a la de las sociedades industriales extintas antes de finalizar el siglo XXI. Y todo en base al régimen ideológico del arco y el cesto. 

Como declaró en su archivo el alemán, Hans Heller llegó a Valparaíso para culminar el estudio sobre la tribu venezolana dos cosechas atrás, cuando Lucy determinó la prioridad sudamericana en el  programa de conciencia a implicar en la serie farmacogenómica de la siguiente plantación, momento en que la genética de la humanidad deseable es renovada y los detritos, mutantes que trafican sus genes, apresados para su limpieza.

Me es necesario subrayar que, durante el viaje, ni las condiciones climáticas de la tundra, o las ruinas y brasas de lo que otrora fueran Perú y Colombia, en donde apenas salvamos la vida de los clones proscritos en la zona, fueron óbices en nuestro deber científico por documentar la flora y la fauna según la nomenclatura indígena rescatada en los escolios profesionales del antropólogo. 

El reporte del alemán también refiere que el robo a parte de nuestro equipo en el camino impidió una introducción profesional con los guevanos, fue así que, de común acuerdo, nuestra identidad fue definida con cortes médicos. 

Para ello, el Doctor Hans Heller recurrió a un birlibirloque que, así como nos introdujo a priori en la vida comunal, terminó con su muerte y la de dos de los tres maridos de la mujer que nos aclarara la supremacía femenina en aquella región helada de Venezuela. 

Al principio, luego del cese de hostilidades inherentes al arribo del par de desconocidos, los guevanos no hacían más que reír de nosotros, nuestro atuendo y las maneras elegidas para hacernos entender. 

Y los chamanes, Odanzit y Ajotnap (cuya única distinción simbólica era un manto o capa hecha del material del clan representativo, a diferencia de los pobladores que vestían,  además del pudor de Adán y Eva, lo que la naturaleza clánica les daba mano), vieron en nosotros un síntoma benévolo para su malestar:

Impresionados por los mimos y señas con los que Hans Heller erraba el dictámen de tal árbol por el canto de ciertos pájaros (criterio que todo guevano posee con pericia envidiable), optaron por encargarnos lo único irresoluto de aquella región: la dismenorrea de las doncellas del clan que sacralizaba la salvia en su ritos, pues el chamán herbolario había muerto y condicionado el uso de la planta y su harén hasta resucitar del castigo que le prohibía vivir. 

Identificamos la tarea a todas luces corruptora. Pues, repetimos, algunos de los pobladores eran nietos de pasados miembros de la sociedad civil de Lucy y, ahora, más de un siglo después, atendían sólo al llamado de lo Salvaje. Además, las mencionadas ninfas, con el barniz de la sensualidad como abrigo a las más profundas lascivias, resultaban, para los arqueros filosofando durante la jornada entera, el plenilunio que los regresó al sedentarismo. 

Para los guevanos la división en tres clanes suponía un totemismo exogámico al entender clánico (entropía, animal y herbolario, los clanes guevanos), pero la predisposición política al arco y el cesto, volvía al tótem natural mera asignación ritual o religiosa, ya que, como pudimos comprobar, existían matrimonios endogámicos a la vez que exogámicos cuando la mujer tenía más de un marido.

—Otra delicia del patrimonio cultural de los locales —decía en alemán el Doctor, cuyo método científico culminó con varios centímetros de erección funcionando como una varita mágica>>.

El presidente del consejo y de la gestión occidental Lucy, el estadounidense Sam Wilkins, echó una miradita tiquismiquis a los otros seis miembros del comité y bebió de su sustituto de agua, un suero hecho de algas y fructosa. La encomienda del sexagenario Heller, en realidad, era recopilar ADN local para estudiar su inmunidad a la toxicidad del agua continental. 

La narradora del acta declaratoria de Santarrosa era la directora del desarrollo farmacogenómico Lucy, la ingeniera en genética Cecilia Thompson, quien autorizó la aventura consciente de que el proyecto tendría buen fin si los investigadores regresaban a Santiago incluso sin vida, pues entonces Lucy atacaría y mataría con furia ciega conservando, para concluir su estudio, a unos cuantos guevanos en la Maloca Sudamericana. 

<<EN el caso de Maripa, la aborigen cuyo trágico final pone en entredicho nuestra labor científica, no sólo irrumpió con el orden social de la tribu admitiendo al Doctor en su aposento, sino que, en el tratamiento con la salvia y la primera luna de las chiquillas, solía untar el ungüento con el falo del sacerdote del clan en los genitales de éstas y, cuando la encomienda pasó a Hans Heller, fue su aparato sexual el instrumento empleado para reanudar la sanación. 

A su vez, apenas concluida la primera menstruación, había que mojar y frotar cizaña con cornezuelo empleando el mismo instrumento de antes, así la mujer sería capaz de reemplazar el cesto de cañas y arcilla portado desde la infancia y enseguida volverse apta para los arqueros adultos de alguno de los otros dos clanes.

El resultado de esta segunda parte del tratamiento eran bacantes y placer a bocajarro por los alcaloides psicoactivos invocados al enjuagar la planta parasitada. Hans Heller, al rebasar los marcos de su amplitud terapeútica al fármaco, terminó con muestrarios y probetas en las embriagantes vulvas arengando que esos jugos serían, a la sazón, la fertilidad de Lucy. Salve Lucy, gritaba y enseguida las muchachas gemían escurriendo vida y repitiendo al unísono Salve Lucy, Salve Lucy, Salve Lucy…>>

—Le ruego que omita la lectura de ese fútil erotismo que no viene al caso… No somos la editorial a publicar sus memorias, Santarrosa. ¿Qué carajos es esto? —después, dirigiéndose también en inglés a la directora del proyecto— Sáltese hasta el punto que nos concierne, la condena del señor aquí presente…

Escandinavia, y con ella las cuatro Malocas europeas, amenazaba abandonar Lucy si la toxicidad americana no era contenida antes de la renovación genética en su población. Rusia y China, según un Tratado, dividirían la Media Luna Fértil y a los Pueblos de las Arenas en partes iguales. Lucy no podría hacer frente a nadie con sus dos Malocas. Sería el fin del mundo, pensaba el norteamericano.  

<<Odanzit y Ajotnap, sin nativas reservadas para su exclusividad, coincidían en romper la maldición de Matzal, quien censuraba el uso de sus mujeres a los guevanos hartos de compartir esposas. Algunas de las iniciadas en el ritual de gestación menstrual irrumpían incluso, de cuando en cuando, el orden social optando al arco sobre el cesto. 

Fue así que Tilim Balam dispusó el Tribunal del Pelo sobre una difunta en las orgías matzales. El Tribunal del Pelo jalaba uno a uno los cabellos del cadáver hasta hallar al asesino. Cada cabello representaba a un sospechoso y, como el que se soltaba de la cabeza mostraba al culpable, hubo que tirar unos cuantos antes de que Matzal fuera el sacrificado (prohibiendo, al agonizar, la salvia para el tratamiento de la dismenorrea tribal hasta que él reencarnara en ella). 

Hans Heller lo explica mejor en su reporte, pero los guevanos no hicieron chanchullo a sus procesos mentales, sino que las generaciones allende de las guerras que definieron el nuevo orden mundial, poco a poco cimentaron su nomenclatura entre datos y costumbres, vestigios y recuerdos, poesía y liturgia emparentadas a las ansias revolucionarias de sus antepasados y el porvenir tribal en el que lograron sobrevivir… 

Es decir, sucedió lo que en las sinagogas babilónicas con la Creación, el Fruto Prohibido, el Diluvio, la Torre de Babel y el Judaísmo de Ezekiel: reconstruyeron su pasado con leyendas y supercherías de los anfitriones. 

Y eso era en lo que los varones adultos solían gastar el tiempo. En una palabra: filosofaban. Pues, mientras el alemán se adentraba en la cuestión femenina, y como compensación de nuestro abasto, mi tarea en la comunidad era cargar las presas de los arqueros  y atender cualquier posible lesión en el trabajo. Por otra parte, la cacería se limitaba a roedores y pajarracos derribados justo antes de volver de la labor.

Por lo demás, el día eran disputas sobre el orden de las cosas, sus epónimos y de cómo todos los linajes emparentaban con el caos. Memet Tlapal, el arquero que rimaba con la misma saeta, era el más ducho en aquel arte de pensar. SU abuelo había sido líder sindical del otrora laboratorios Lucy en Colombia. Estaba flechado por una mujer del gineceo de Matzal y era por todos conocido su dominio sobre las leyendas del origen guevano. 

Que un día el caos reunió suficiente aire hasta eclosionar de él los mares, la tierra y el calor que disputarían desde el principio y para siempre la existencia. Y del agua llegaron las plantas, las bestias, mientras que el calor iba y venía estando o no estando. Después Lucy…

Por supuesto que la tradición versaba antropomorfismos, pócimas y sinécdoques reluciendo en el arco y la albura humana del que rimaba pensando en Mulum.

Entonces Mulum, en plena psicodelia hedonista, prometía una cascada y maremotos al deslizar su monte de Venus en la irritada barbilla de Hans Heller… Mientras que Maripa empleaba el equipo de laboratorio para introducir el menjurje en los duraznos sangrados.  

Hasta que un Erlenmeyer se rompió y cortó a una muchacha, luego a otra y otra. Mató a tres chamacas que, según el Tribunal del Pelo, fueron asesinadas por el investigador alemán. De Maripa se encargaron sus maridos, que de paso aprovecharon para matarse entre ellos.

La víspera de su ejecución, Hans Heller, con la serenidad de un equinoccio, optó por pasar de la fuga orquestada por Memet Tlapal que cargaba, además del suyo, el arco de su enamorada…>>.

La directora del proyecto agachó la cabeza, se quitó las gafas y consoló, torpemente, a las niñas de sus ojos. 

—Oficial, por favor acompañé al señor Santarrosa a su celda. Ya le informaré personalmente el veredicto. 

De regreso en su encierro, Rupelio Santarrosa emparentaba al caos reflexionando. Viviría, estaba seguro, pues el desarrollo farmacogenético de la región estaba supeditado a su estudio del símbolo y la tesis que proponía sobre etnografía local.

No pensaba en su esposa, a la que extrañaba, sin embargo, al repasar el asunto que le agitaba tanto. La comunidad guevana sería arrasada en pocas horas y el arquero que flechaba con la misma saeta y Mulum no llegarían lejos, pues a pesar de facilitarles el escape de la Maloca de Santiago, pronto padecerían amok y no su amor como ratas de laboratorio.

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