A continuación: los comerciales

A punto de darse un beso, mija, así, así, pero que le marca el perro zángano de su jefe y dejó solo al papasito ese. La imagen se congeló y el galán quedó de fondo en la pantalla. Afuera el frío y el viento impedían que el alambre haciendo de antena digital captara alguna señal. Así que mamá aprovechó para poner a las pelonas al día mientras Marine resucitaba el televisor. 

—¿Y de quién es el bebé? —preguntó Yolanda, luego de terminar su emparedado y ensuciar la cocina que su hermana fregaba diariamente.

Es una trampa del doctor de mano dura, dejó a saber Eva, la madre de la niña y encargada del aseo, metida en su celular lo que duraba el trance novelero. Tenía veintisiete, durante su gestación compartió cigoto con Yolanda, desde la primaria el pelo corto y casi todo en adelante.

—¡AHÍ! —dijeron las tres al unísono y Marine regresó a sentarse entre las dos personas que tenía por madre: su mamá y la abuela. 

Era el único momento del día que las gemelas pasaban con doña Sofía, que tejía y tejía. De seis a diez mirando telenovelas, incluyendo la Flor de los Milagros y las cinco horas de comerciales que acumulaban por semana. De pequeñas las pelonas criaban piojos, por ello las llamaban así y, debido a eso y la insuficiencia en la gestación menstrual en casa, las chamacas no terminaron ni la secundaria. A decir: ta mejor la novela de las nueve, aleccionaba doña Sofía ofreciéndole el bistec ranchero que Pedro cocinara el fin de semana, pues sabía que sus hijas pernoctaban hasta rozar la aurora y sus traviesos dedos.

En la tele comenzó a reproducirse la Flor de los Milagros. Ningún entretenimiento en el continente educaba mejor que el nuestro, decía el escritor sabelotodo, como llamaban a Pedro las gemelas, el medio hermano y licenciado en Derecho que vivía arriba, en el segundo piso que construyó con la resignación de sus entrañas. 

Don Ramiro, papá de las muchachas pero no del abogado, le advirtió que ese segundo piso sería para su nieta, que Pedro debía emprender camino antes de los treinta, etc. Y como mamá no era de quejarse, oía la discusión entre aguja e hilos, aumentando el volumen de la tele junto a la niña que subía vídeos de maquillaje a la Red. Entonces Pedro Rivera, como buen litigante que era, le decía que le costaría tanto, que estaría obligado a eso y el otro alzando el tono según recuperaba el auditorio.

—Vergüenza deberías sentir de ofender a quien te crió como a un hijo… 

Y de ahí no pasaban. Porque la dueña del hogar guardaba las cosas en su sitio: el borracho a punto de llamar bastardo al otro iría a dormir, pues al día siguiente cruzaba temprano al gabacho y el licenciado por gritarle incestuoso pederasta al vejete ese volvía a sus videojuegos, ya que carecía de la disciplina artística para hundir al mundo en llamas y andar las brasas con pseudónimo y un halo superficial: es decir, en lugar de escribir como anhelaba, iba a la oficina de ocho a seis y agotaba la desconfianza que las mujeres en su vida le iban confiando…

En la Flor de los Milagros se fortalecía la instrucción moral del mexicano: amor bonito y sin ceros, la familia se atiende con especialistas, la vida son horas de trabajo, pia fraus, clasismo ético y un panóptico ambiente de bienvenida. Al final del capítulo un milagro reivindicaba las posturas que pusieran en entredicho a la probidad deseada y advertía que aquellas conductas no sólo eran de mal gusto, sino vigiladas y castigadas por el bien común. 

En la programación del canal de los Espejos también remataban un traje hacia el futuro del que Marine tarareaba el jingle. De laboratorios Lucy, el casco del forro incluía una pantalla que moldeaba la realidad virtual a un óptimo comportamiento social según la situación. En el anuncio un apocalipsis zombie podía sobrevivirse sin aburrimiento gracias a la biotecnología del traje de spandex y los hologramas de interacción generados por el reloj de muñeca integrado. Todos seamos Lucy, cantaba Marine en los primeros audiovisuales que subió a Internet hablando sobre cómo ocultar los olores de la menstruación.  

Por eso Eva se agotaba para seguir pendiente del teléfono, el hogar, su chamaca y la familia. Como recién había dejado su trabajo era ella quien limpiaba la casa mientras mamá chambeaba en una fondita y Yolanda dormía. Marine, de doce, cooperaba con trapazos y mandados por el permiso para operar sus redes sociales y crear contenido programador para morritas que veían el telenovelero y pasaban de hacer tarea e, incluso, en ocasiones, hasta de conectarse a clases…

Por otro lado, papá regresaba hasta tarde de San Ysidro y Pedro solía anular su rastro en casa, pues bajaba sólo a cocinar y a encargarse de que su sobrina no repitiera un grado escolar como hicieron sus hermanas.

En casa quedaba claro que Eva era la buena: amable, guapa y mojigata sin pasarse de la raya (que era lo que volvía a Yolanda la gemela mala, tanto, que fue ella quien las encaminó al área vip del antro con sus correspondientes tragos, trucos y borrachos jóvenes y apuestos rodeados por séquitos de tiradores, tumbatendederos y jovencitas de divino tesoro haciéndoles ganar en dólares). 

La telenovela de las ocho presentaba una historia con la que Eva se identificaba: una pueblerina heredaba la compañía explotando los minerales de su localidad y de otras entidades federativas. Sandra Dolores, para sorpresa de la audiencia y sus coterráneos en la historia, procedía con la renovación industrial que las salmueras de litio y la extracción de hidrocarburos exigían por los contratos millonarios firmados con inversionistas extranjeros. 

Eva entendía a Sandra Dolores: había que adaptarse al cambio, ayudar a nuestros seres queridos no excluye herirlos de cuando en cuando. En la historia la foránea se ganaba primero al personal de la casa, después a los empleados de la Progreso Company y, poco a poco, a los pobladores de los estados afectados que emigraban o encontraban forma de sobrevivir respirando aquella toxicidad ambiental. Al final Sandra Dolores conquistaba a la familia, incluyendo al hermanastro que despojara de la presidencia en la compañía familiar y, con el que, y en esto coincidían mamá y Yolanda, se casaría en el último capítulo. 

Fue la llegada de Hans Heller la que mantuvo a Eva en el hogar, la familia y las tardes telenoveleras. Hans era un estudiante de intercambio al que Pedro conocía del Killing Zone. Le ofreció su piso jugando en línea con la idea de visitar pronto Alemania y reconquistar llamas universitarias o, cuando menos, hacer algo fuera de lo ordinario. 

Y la familia, en general, regocijaba con la visita del extranjero que siempre quería saber más de la casa, de la familia, de los audiovisuales de Marine, de esta parte del mundo y del desenlace de aquellas historias en la televisión mexicana.

—Pero primero que hable bien… —decía a carcajadas doña Sofía por el acento del alemán. 

Y Hans Heller también reía junto a la familia (incluido don Ramiro que, durante aquella temporada, incluso salía temprano del vivero para ver la Serie Mundial) al pedir que la señora repitiera:

Diesen Kuß der ganzen Welt…

Y entre carcajadas lagrimeaban un beso para la humanidad. Igual que pasaba con la Señora P. La Señora P. lo tuvo todo y el cochino e impune destino hizo que una prima la tumbara de aquel crucero por el caribe en una celebración familiar y que le provocara la amnesia con la que aprendió a explotar nativos y vender los bananos de una viuda, enamorarse de nuevo y dar a luz a un morenito que crecía sin padre, pues ahora ella vestía de negro hasta que un sinfín de cruces la llevaban a recordar su pasado en…

Hans Heller, que introdujo a Pedro Rivera en la lectura de Bruno Travern y Nietzsche, era el primero y último en levantarse del sofá, dudando siempre de si los comerciales le permitían orinar sin ensuciar el váter.

Allí, encerrado en el excusado sin botiquín, toallas sanitarias, ni agua caliente en la regadera, el alemán envidiaba que en su país estuvieran prohibidos los detergentes Fuchi, que destapaban caños, mataban hongos de la bañera y protegían del Novid-19, cuya publicidad, colores y coreografía le salía a pedir de boca junto a las bestias del rebaño acogiéndole en Tijuana, Baja California, el México. 

A Pedro sí que le faltaba gracia para aquellos momentos familiares. Sus primeras erecciones habían sido con los programas de Silvia Pinal, le recordaban las pelonas para hacer reír a Marine. Las Mendieta habrían preferido que fuera él y no Hans Heller el que regresara a Alemania, a pesar de que mamá llorara  hasta traer al pajarito de vuelta al nido. 

En lo que respecta a las pelonas, Yoly no le hablaba a Eva. Una golpiza de su querido le avisaba que habían terminado, que Eva le puso al tanto del trabajo que compartían y que la sacaba del negocio para formar un hogar juntos. 

Por eso, al ver que Hans Heller era el motivo por el cual su hermana no destruía el presente, Yolanda lo tuvo claro: yo primero, que se enamoren y los alemanes serán míos. 

Pedro era el único en la familia que conocía el modus vivendi de sus hermanas. Don Ramiro y sus abusos tenían que ver, a su modo de entender, pues el viejo cagaba mientras las niñas se bañaban.  Así fue como su primer salario, de cerillito en un supermercado antes de cumplir nueve, sirvió para comprar una cortina de baño que no transparentara, frente a la indiferencia de quienes lo echarían pronto, tras descubrir que el mocoso aumentó su edad en la contratación sin que a nadie le importara un carajo… Doña Sofía, en fin, teje y maneje los descansos programados para cuando llegara al cielo, no se quejaba de nada ni naiden… 

Pedro Rivera asumió que por la pandemia y las clases en línea, Hans Heller le pintaría los días de un linaje cultural como lo era el del cenicero romano, la reforma cristiana y los adagios y codas que reclamaron la vida para sí más de una vez y que ahora lideran, detrás de Escandinavia y China, la transición energética en el mundo…

Pero, muy por el contrario, el joven estudiante de etnografía amerindia apenas y mataba nativos jugando y fumaba más de lo que Pedro estaba de acuerdo en gastar. En el pasado, al descubrir que las pelonas pellizcaban de su yerba, lució, frente a la familia, toda su experticia profesional para ingresar a las hermanas en un centro de rehabilitación, quedando, desde entonces, a cargo de las tareas escolares de Marine. De México para el mundo, aducía el abogado, propugnando como profesionista y artista, el amparo a blindarle de la delincuencia organizada…

Aunque ahora, para evitar el rompecabezas lascivo de sus hermanas y Hans Heller, Pedro Rivera remplazaba sus cuentos y los videojuegos por Baco y las citas románticas con factura para afinar su magnum opus: el asesinato de las pelonas y el viejo… 

En fin, sin su anfitrión, cuya borrachera lo hacía volver de noche mientras Yolanda camuflaba en la oscuridad y sus cobijas, Hans Heller hinchaba los pulmones de humo e iba al primer piso casi de inmediato. Merodeaba el hogar con la tonadita de laboratorios Lucy, detergentes Fuchi o la canción del novelón Los pobres se pusieron de acuerdo hasta pararse como gato cerca de Eva en la sala, la cocina o el patio y, muy pronto, su aire lograba el encanto. 

Entonces Marine se encargaba por completo del hogar (ordenando el mundo de acuerdo al canal de los Espejos, su contenido en Internet y las dos madres). En una palabra, ocultaba de todos su secreto: la baja del siguiente ciclo escolar serviría para dedicarse de lleno a sus vídeos y seguidores, sería su modo de no quejarse del ciclo menstrual, los cólicos o la falta de privacidad al ducharse.