Vampiro con guitarras de Cerati

—A ese, Verrugas.

—Perate Negrini, que atrás vienen unas rucas que van pal puente.

—No… no van ni a la mitá, Verru. Casi casi tan saliendo de la privada —decía volteando a todos lados, muerde que muerde con la quijada tembleque. 

—No mames, Negro. Deja que pasen apa, que se calme la lluvia un poco. Aparte, ese bato que va subiendo ta todo piojoso, hay que aguantarnos a la siguiente calafia.

—Calfia, pendejo.

—Es lo verga.

—Tas bien pendejo Verru, me cae.

—Acomódate la barbilla, mejor apa.

—¡Qué tas cagando el palo si andas igual de malilla perruuu!

Lo estaba.

El día era tremolitas que volvían al chaparrón tormenta y a la vida una muerte entretenida y lenta… Dicha fenomenología y los espectros rondando el puente peatonal, devolvieron a las mujeres al fraccionamiento por el que venían. Se trataba de una colonia pobre, con el vandalismo a flor de piel y fantasmas vivos y en carencia de muchas cosas, de la siguiente dosis, sobretodo.  

—A ese, Verru, a la verga, pa ir al Chilpa por unos globos —decía con ojos tan violentos como los diretes. 

—¡Qué aguantes, testoy diciendo pinchi Negro! Además en el Chilpa no…

—Pos te tas viendo lento Verru, me tas ondeando. Yava, yava a la mitad del puente…

Y al interrumpir, Negrini bajó la loma en la que se escondían con una prisa que le hacía apretar los dientes. Llevaba las encías en antípoda nerviosa: era la urgencia metabólica dominando. Por su cuerpo se paseaba el caro y desesperante bajón del cristal, que es como estar en un loquero con las puertas abiertas pero sin ganas de salir, con rounds de interminable vigilia y una implacable urgencia por la dosis o la nada: un incierto sueño, una pesadilla. 

El otro, el Verrugas, era el del filero: una navaja de bolsillo con mango a base de cinta adhesiva. Siguió a Negrini después de extraviarse en la conciencia, es decir, luego luego. En la mente visitó el embarazo de su Mercedes Benz, su Meche… ya iban a ser tres años de aquél mágico momento que le tocó ver una vez por semana y el resto imaginarlo tras las rejas, en una celda junto a treintaisiete cabrones de toda peste, poca monta, decía él. Nunca olvidaría los gris del cemento en las paredes, era frío e incómodo, pero lo entendía, era concreto, ¿aunque gris? para ello era necesario una vejiga natatoria, no pulmones. 

En los meses en chirona, por algún incidente a mano armada (crimen del vicio, no del crimen), el censo de la celda pasó de treintaisiete a catorce, pero la fortuna sólo le sonrió una cama, así ya no esperaría a que el Ray se ejercitara para intentar dormir. Pero, junto a eso, el maldito gris, tanto tanto, triste gris, con olor acre que incomodaba al de orines e indigencia naturales a la celda, triste, que ni el naranja de la tela podía con él, el puto gris que lo alicaía más que reformarlo…

Y cuánto puede uno divagar en las triquiñuelas del cuco, sin que se advierta el ficticio tictac de la realidad, porque del hermoso nacimiento de Lili, del que le contó su mamá una vez libre, llegó a su Meche echándole de casa, por vicioso y cabrón, accidente sucedido hacía pocos meses, es decir, la oscuridad de unos cuantos focos…

Luego de reincorporarse a la línea temporal y de bajar el cerro como ganado ciego, el Verrugas se colocó debajo de las escaleras del puente peatonal, en donde Negrini, como novillo cocinando venganza, arrastraba pasos para quitar el lodo a los zapatos e ir agarrando viada.

Aquel chavalo del puente, que no sospechaba del asalto, con mochila de estudiante y ropa de verano empapadas por la lluvia, llegó al final de las escaleras y allí lo embistió Negrini; mientras tambaleaba, el Verrugas, también resbalando, le tomó por un lado y en la carótida del otro le arrimó el filo del arma.

—¡Dame la feria morral! en caliente pa que no haya pedos —decía Negrini, mientras revisaba en los bolsillos de aquel que se zangoloteaba como fiera en pleno cunnilingus, a pesar del peligro raspándole el cuello, la moneda, el milagro y demás parentescos de justicia.

—En chinga, apa. Oye, pero en el Chilpa no…

¡Pum!

Luego de cabecear el rostro del bandido sujetándolo, el chico logró zafar y, de bruces, el Verrugas fue a dar al suelo con la nariz sangrante. En esa línea laboral la milenaria distracción del cuco podía costar no sólo ese trabajo, sino la libertad de volver a distraerse en esa realidad en la que todos coincidimos.

El Verrugas lo sabía, la muerte del Ray, preso y siendo recuerdo desde entonces, era el As en su memoria, así que ensangrentado y con el caldo escurriéndole a chorros, tan pronto como Negrini tacleó al joven, les tomó por las piernas yéndose todos al suelo. Se arrastró pechotierra con agilidad, como aquella serpiente que conoce el precio de las almas y que de trueque ofrece no te digo qué… después de apretarle una nalga a la víctima, de la otra le sacó la cartera.

Negrini se levantó y comenzó a patear al joven, de unos veintipocos, que gemía y se hacía bolita mientras el ladrón le hacía la cáscara. Futbolista profesional, eso hubiera estado bien para Negrini, pero todos en la cuadra le superaban, no era el mejor, aunque hasta el Kikín jugó en Europa ¡Qué demontres, en una Copa Chivas el portero fue nuestro delantero y figura! A Negrini la pelota, la mujer y las drogas lo mutaron casi al mismo tiempo, dejando sin sitio al método científico o algo parecido… ¡Y allí estaba, comiendo vida como creía que le tocaba!

El otro asaltante limpiaba su sangre con el dorso de la mano cuando, tropezando poco, se montó al Chinaski, sacó el único billete que había en la cartera y la arrojó a donde Negrini ganaba la final de la Champions League. 

—Ámonos Negro, ámonos, ámonos, ámonos…

Etc. 

Un desagüe de aguas negras, entre brumos de tierra y una primaria, fue la ruta de escape, pues para allá jaló Negrini que señoreó la escapada, dando zancadas largas sobre la intensa corriente del clima y los deshechos, en medio de la carencia, la miseria y la rutina, del gris y la tristeza de un día lluvioso y en zozobra.

Corrieron dos o tres cuadras: chacualeando, sudando, temblando, reboninando alaridos y ofreciéndose como obvia contribución para la Ley. Gracias a la lluvia nadie podía avisar a Dios, además de que el horario en sí tampoco era muy diabólico. ¡En algún momento el Verrugas incluso olvidó el motivo de su desesperación, aún después de huir con el dinero en la mano! Negrini separaba sus pasos creyéndose un extremo desbordando la banda izquierda del Bernabéu o el Old Trafford. Salvo el doblarle la edad, era poca la diferencia entre él que hizo ocho meses en la penitenciaria de La Mesa y él que no, cuestión de suerte: el atuendo vagabundo de la idea del Bien

Era el mundo del vicio, un lugar extraño más que miserable, de cloacas, fétido y a la vanguardia amoral y dineraria y que puede quitarle todo a una persona. El vicio, una de las calles más peligrosas que hay y que ronda cada ruleta rusa y marea alta de la experiencia, del hábito y el estado de ánimo… 

Un incierto sueño, una pesadilla.

No obstante, la toxicidad está en la dosis. 

Es decir: si el vicio es antagonista de la virtud, el punto medio no admite personajes principales…

¨Cuando la realidad los golpeó¨, no como al Che cuando preguntaron a ¨quién avisar en caso de muerte¨, sino como sombra al convertirse en persona, iban llegando al parque al otro lado del barrio, a unas cuantas cuadras del lugar del asalto: el puente de la colonia El Lago, en Tijuana, Baja California, el México. Llovía con rencor divino y el aullido del viento simulaba un viejo refrán. 

—¡Tírate apa, tírate, tírate! —dijo, lanzándose de tetas al pasto, sin esperar a que Negrini hiciera lo propio.

Un paso después el otro descansaba a un lado. Quedaron frente a los columpios, subibajas y resbaladillas inermes, mojadas y en abandono.

Dieron largas exhaladas y, después de un rato, Negrini volvió a sentir una pulsión ajena al vicio.

—No mames Negro. Pinchis quinientos que traía el morro, te dije que aguantaras a la siguiente calafia apa.

—Me estás ondeando Verru, neta… vamos al Chilpa por San Cristóforo, que ya toy sintiendo hambre y ta cabrón, ¿no? Tú sabes: unos cricolitos calientitos.

—Eso te iba a decir apa, cuando llueve ta de la verga meterse al canal, se pone resbaloso y ta cabrón salir…

—¡Y ESA MAMADA PERRUUUUU!

—Pos ta resbaloso y los túneles tan tapados con basura, no seas pendejo.

—Tonces, ¿qué hacemos?

Permanecían tumbados en la humedad del suelo, el cielo gris como el cemento cayéndoles en tristes gotas, calosfríos brotándoles del recto mientras un calor de voces rumiaba a la distancia.

—Pos vamos pa allá a la parada del parque, chance y tumbamos a alguien menos piojoso —poniéndose de pie—. Además acá pasan más calafias, ¿si o no apa?

—¡Calfias, pendejo, calfias! Pendejis… a aquél, Verru, a la verga, pa ir al Chilpa por unos globos.

—¡Qué aguantes, testoy diciendo que en el Chilpa no hay…

—Pos te tas viendo lento Verru. Yava… yava a la mitá del parque.

Luego de interrumpir, Negrini se levantó y atravesó el área de juegos. El Verrugas, perdido en sus segundos en el cuco, ignoró a la patrulla que recién llegaba al otro lado del parque. Miope y triste, elucubrando, siguió a su compañero a cierta suerte de distancia, la misma que llevaba al seguir al Ray.