¿POR QUÉ SERÁ QUE NO ME QUIERES TÚ?

Sonreía, me veía y yo no podía dejar de bailar por dentro. Poseer para ser poseída: decimos las hijas de mirada patriarcal. Y como los besos que no son tampoco cicatrizan, rodeé la barra y llegué hasta su taburete, ahí, junto a los baños, en donde apenas se escuchaba el Suite Judy Blue Eyes. Y sí: podía invitarle un trago. Dos, de hecho. Una caguama y un especial. 

Regresé a mi lugar después de pedirlos, entregarlos y ser agradecida por el detalle. 

—Preferiría beberlos sola, pero gracias por el gesto —dijo remolona.

¿Cómo trepar al animal de doble lomo?, ¿ronroneo antes o después de besar sus pies?

Pedí otra caguama y otro especial. Pensé en casa sin atreverme a mirarla otra vez al papalotear por la barra, las mesas y en el maremágnum de miradas al salir de ahí.

Enhoramala la Plaza Santa Cecilia fue más sincera: un par de ojos que escanearon mi alma, mi precio: 500 ó 1500 si te quedas conmigo. Sí, la vida son horas de trabajo y yo namás laboro medio turno…

En fin, llegué frente a otro trago en la Zona Norte. El bar de cuando ya es tarde: Jannette cantando que todas las promesas del amor se irán contigo, me olvidarás, me olvidarás, gente dormida en la barra, minicasinos junto a la sinfonola, al menos una conecta en el baño y la cantinera que hace años dejó su amabilidad atrás. Yo le gustaba, ella parecía hombre y a mí comenzaba a gustarme también. 

¿Por qué te vas, por qué te vas?

¡Qué dionisiaco! Previo a esa parada, en un puesto hamburguesero de la avenida Revolución, alguna mirada perdida solicitaba el estribillo de siempre: a nadie le importas más que a ti, el amor y etc. A todas nos dices lo mismo, reclamó algún piscolabis del ayuno libidinal antes de enamorarme de la mujer con la que vivo…

Así iría de vuelta a casa, a ella que desde hace un mes me tiene durmiendo en la sofácama. Amasiato, no matrimonio, con perros y gato y sin llamar a la familia, intoxicadas o hambrientas, milagro químico para llegar al cielo… Amor, mientras tú dibujas, yo escribo.

Nos conocimos en la Facultad de Artes, estudiábamos teatro: yo interpretaba todo lo que ocultara mi matriz, ella tarareaba femineidad en sus genitales.

¿Barbazul o barbaján? De navidades comprábamos macetas para nuestro jardín, de aniversarios sazonamos la cena con LSDs y para sus cumpleaños Luz tomaba vacaciones a la playa con su amiga psicopedagoga (que chafeaba joyería por el camino para financiar el título, mientras dos o tres sugars sacaban adelante a la nena que solía llamarnos tías). 

Amasiato, no matrimonio. Ella en una farmacia, yo en un callcenter. Previo a la pandemia compartimos la paga administrando una fondita. Víctimas de la naturaleza, al fin y al cabo, empezamos a hablar de hijos lavando a mano, con el retrete descompuesto, discutiendo sobre quién cocinaba o lavaba el baño, una o la otra vendiendo el chiquistriquis. Era huir ahora o tratar de escapar por siempre. Y en la bifurcada, además, sus amigas comenzaron a gustarme… 

Si te vas, no, no, no, no te voy a extrañar… 

Caminando rumbo al taxi, pues soy una atorrante sin carro, casa o dignidad propios, hallé dormida en el suelo a la mujer de la caguama y el especial; yacía junto a la puerta cerrada del bar y a merced de cosas peores: amasiato o matrimonio, violación o feminicidio, etc. 

La desperté y, como no soy hombre, caminó apoyándose de mí hasta la siguiente cantina, pues rechazó los tacos, el agua, una banca. Recordarme le hizo reír bastante, eso sí. Pero se bebió un trago a mi lado y el infierno logró ser encantador por un rato. Bailamos y compartimos el taxi. La dejé en su casa y volví a con la mujer que amaba y a dormir en nuestra sofácama. 

Desperté sin recordar su nombre y el deseo habitual por el dormitorio y el dolor de siempre. ¿Por qué será que no me quiere Dios?, volví a preguntarme y acudí corriendo a nuestra habitación.