Wolfgang Amadeus Dunga

WOLFGANG AMADEUS DUNGA

No le gustaban los niños, pero de chico también amaba el futbol. Correr por la cancha y echar relajo en el entrenamiento como los mocosos frente a sus ojos. Existencia de leche. Aprendió el deporte antes que cualquier otro juego. Su papá lo entrenó así como se enseña a comer vegetales: le pegaba si metía la mano. 

Por eso abrió la escuelita de futbol Su Campeón Cruz Azul en la unidad deportiva de la colonia en que vivía. Eso y que ya no podía robar autos: uno de cada cuatro atracos salía mal y últimamente iba peor. Quién lo diría, hoy día que la ciudad aparenta más carros que personas con salario…

Sopló el silbato y hasta el Verrugas y Negrini jalaron hacia el ruido. Eran sus ayudantes en la chapuza. Atorrantes. Les pagaba con cristal o mariguana, un globo y dos galletas por entrenamiento, las dosis mínimas disponibles en el mercado. 

—No ustedes mentecatos, tú y Negrini acomoden los conos para practicar la táctica defensiva con toque de balón, mientras ustedes chamacos… 

—¿Cómo, cómo, cómo patrón? ¿Defendamos el toque con la táctica del balón o cómo, cómo?

La docena de jóvenes y Negrini reían. El Verrugas también. Enantiodromía. Había señoras que a esas cinco de la tarde echaban la caminata alrededor de la cancha, paseando esa miradilla tiquismiquis característica de la clase media: arrastraban la opinión como sus babas el diablo. Una lona de 2×2 en la entrada medio formalizaba a la escuelita de futbol Su Campeón Cruz Azul, no obstante, aquellos dos le ponían de punta los cabellos.

Dunga, como le decían desde que aprendió el don del balón, dio tres silbatazos y de inmediato los chamacos corrían alrededor de la cancha y Negrini y el Verrugas acomodaban todo para iniciar sesión. 

Por el uso de cancha jugaba para el equipo del Míster/Presidente de la liga de futbol en la colonia. Así ganaba el permiso para la lona y los entrenamientos. En el anuncio aparecía el escudo del equipo azur, el nombre de la escuela y fotos del Dunga como cruzazulino y toda la cosa. 

A Dunga lo habían criado para ser futbolista profesional. Así como a Messi, a lo vaca lechera. Su papá invirtió todo y… estaba decepcionado. Era importante que le quedara claro el esfuerzo familiar desperdiciado en él. Dejó a la madre, a la hermana, la casa, a Dunga y volvió a lo dionisiaco, que era su abecedario antes del proyecto Mozart que halló en su hijo.

Recordaba aquello tocando la cicatriz de su pierna izquierda, mientras contemplaba el entrenamiento con el silbato en los labios, dándole qué decir a Freud que ya sabes para donde lleva todo: Don Capital, la tierra su mujer y de hijo el trabajador…

Negrini y el Verrugas eran la ofensiva toreada por una defensiva cercada por conos en zonas específicas, y que salía jugando en una práctica diseñada por Dunga que lo hacía sentir como Guardiola. Incluso solicitaba a sus asistentes que liberaran tantos neurotransmisores como fueran necesarios, si hacían falta globos él los repondría.

Negrini disfrutaba de aquello, el Verrugas no tanto, sentía que vomitaba, que se infartaba… a veces Negrini robaba el balón y todo aquello acaba en gol. No pasaba nada, Dunga silbaba y la pelota iba de vuelta a los chiquillos para practicar la salida con balón controlado. Pero el marcador llevaba algunos accidentes: el Verrugas vomitando, pelotazos a las doñas, Negrini lesionando a algún chamaco… 

Otro silbatazo y Dunga vio todo una vez más: el balón y a papá jugando con su hermana en el patio, las noches, las mujeres, las drogas; de nuevo a su padre enseñándole a patear con las dos piernas a lo Benjamín Galindo; Japón en la primaria, Barcelona en la secundaria, Costa Rica con la selección nacional Sub-17; el primer beso apenas en tercero de primaria, los masajes a mamá para descansarle las largas horas de trabajo, las discusiones con su hermana que ganaba por ser dama (además de universitaria), casi fugarse con Esther en vez de irse al Cruz Azul para ser profesional…

—¡Juégale morral, esto es un entrenamiento y tienes que levantarte en breve! —le decía Negrini al chiquillo en el suelo, después de tumbarlo, fusilar al portero y celebrar con el Verrugas el gol que nada importaba. 

Ningún silbatazo. Dunga estaba en otra parte, había fumado una galleta antes de empezar. RECORRÍA lo edilicio de las calles de Nueva York que, aunque no conocía, su consciencia transitaba cada que le daba rienda suelta. Jinete sin cabeza. Así es la mente humana, ¿cómo? la ciencia pronostica que lo que la mayoría ve como Edén es la sabana donde el mono soltó la rama para volverse humano… ¿en dónde fue que Dunga trepó la ramería? (¿habrá sido contigo?).

Se curó de gonorrea y hasta lo echaron de selecciones infantiles por meter prostitutas a la concentración. Recordó los primeros pagos que su representante les hizo en cocaína a él y al Diegol Golzales, ese famosísimo que sí fue profesional, anotó en mundiales y jugó en el Real Madrid. Extrañó no supo a quién, pero hasta se le enchinó la piel. Se recordaba en el pasto de aquella cancha morelense sufriendo el dolor de estar perdido, perdido entre alaridos, perdida su tibia, perdido en su misión, perdido para siempre, perdido como futbolista profesional… volvió a ver la silla de ruedas, las muletas, la terapia, el balón desde una ventana, el incumplimiento de su nómina, ansiar estimulantes, no poder caminar, la patada en el culo que le dio el Cruz Azul de vuelta a Tijuana y el fracaso que su carrera resultó para el esfuerzo familiar. 

Reaccionó cuando una doña de la caminata saludable discutía con Negrini los métodos tácticos de la escuelita Su Campeón Cruz Azul. Ella gritaba, Negrini hacía como mono ante la risa de todos (incluida la del nuevo caído en el suelo). 

Silbó y silbó y silbó: los jóvenes corrieron otras tantas vueltas alrededor de la cancha y Negrini y el Verrugas recibieron una galleta que subieron a ponchar y fumar en la canchita de futbol rápido, junto a la de soccer, en la que el entrenamiento continuaba, para disimularle a las doñitas que también obtuvieron coqueteo y disculpa, pues a Dunga los dioses le moldearon con aseidad el verbo y la carne de su ser. 

Ahora él organizaba la cancha para un tiro a gol, eso, un interescuadras y el entrenamiento terminaba. Sabía que revoloteaban durante el interescuadras, que es un partido entre ellos, ahí Dunga podría hacer negocios con Negrini y el Verrugas. Y lo sabía porque de chico le pasaba igual, mientras papá aprovechaba el tiempo, así como ahora él. 

El trato eran globos y  galletas al llegar y al retirarse. Además de las zalameras que pudieran suscitarse, pues igual les vendía para que ellos revendieran. Atorrantes. Un negocio lucrativo: las galletas a veinte y los globos en cincuenta, como en la conecta. Comenzaron comprando diez por nueve de cada una, que vendían en las canchitas o en el skatepark del parque al cruzar la calle a treinta y setentaicinco la galleta y globo, respectivamente. Su ganancia eran 420 pesos, que en tres entrenamientos por semana sumaban 1,260, 630 para cada uno. Ahora pedían el doble de mercancías, pronto sería el triple. 

Estaban prohibidos los alumnos de la escuelita Su Campeón Cruz Azul, eso sí. Arruinaría todo. Apenas llevaban un mes y Dunga ya tenía dieciocho inscritos, nueve balones, conitos, galón con bebida rehidratante y hasta costeaba dolor y placeres de una de las madres de sus pupilos.  

Con las drogas le iba mejor. Al kilo de yerba podía sacarle cinco mil después de la inversión y lo fumado… con el cristal era ridículo llevar cuentas. Aún no entendía por qué robaba autos. Pero el riesgo era mayor con las primeras, ¿puedes creerlo? El robo de autos era a mano armada, en vía pública y a merced de todo. Mientras que el comercio de drogas es discreto, oculto, no obstante…

Su Campeón Cruz Azul era para taparle el ojo al macho, sabía su madre, angustiada por el fracaso familiar, las horas de trabajo, los años que no volverían jamás. EN Cruz Azul no tenían idea de la escuelita. Pero mamá estaba endeudadísima, Mariana, su hermana, formando un hogar en el gabacho y papá vivía en un bar…

Conseguía todo en familia: la materna; tíos y primos facilitaban el producto. Venía de Guadalajara, pero podía llegar de Sinaloa, aunque saldría más cara y probablemente sería lo mismo: del Triángulo y nuestras Maternales Sierras o de Oaxaca y Guerrero. Le dijeron que era necesario mocharse con la maña, que eran ni más ni menos que  la ley. Ese mismo primo era el contacto con los carros, un trato especial: 250 dlls por ranfla, siempre y cuando no fueran chingaderas, le había dicho Josue Vaquero, su primo, que trabajaba ni más ni menos para… jijij, comerciaba delincuencia y sobornaba, que es como el Estado explica la delincuencia organizada.

Entonces recordó cuando lo reintentó en el América, ¡le tenía miedo al balón! ¿Cómo, sí ahora era entrenador de Su Campeón Cruz Azul, goleador como mediocampista de la liga del barrio, Dunga desde los cuatro años?, ¿cómo? Disparó a gol desde la media cancha y, rozando las inadvertidas cabezas del interescuadras, la pelota explotó en la portería a lo Messi. ¿Cómo?, se preguntaba. 

La práctica continuó sin Dunga. La marihuana era introspección. Recordó a quién extrañaba: Esther, su mal deber. Sufrió, sufrió hasta sentir alivio. El que logramos al enfrentar sentimientos e intelecto… química de por medio. Logró sonreír sin carcajearse. 

Al ver llegar a la mamá de Lucho liberó un silbatazo por puro instinto. Esa mujer ya lo había hecho sentir vida. Ya hasta pensaba en no cometer el mismo error que su padre y a Lucho formarlo para ser un CR7 (pues incluso los había invitado a mudarse con él).

La práctica llegó al final. Dunga tendría ocasión para dejar la ramería y trepar la rama con aquella dama a la que comenzaba a llamar amor mío. Menú de apetito voraz. Y Lidia, la mamá de Lucho, encantada, dispuesta a enamorarse, tarareando la apertura de la tienda de uniformes Dungol al día siguiente, en donde ella y su hijo estarían presentes. 

sigue tu visita.

Gran Homenaje al Maestro Víctor Soto Ferrel

La Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UABC campus Tijuana, en su  35 aniversario, rindió un homenaje a la trayectoria del Mtro. Víctor Soto Ferrel, enorme promotor de la literatura, el cine y una figura importante como docente en nuestra ciudad.

Están bajo tierra

Dejando las tumbas múltiples de la historia de Tijuana, en el panteón de “Puerta Blanca” se escuchó de un altar en Playas, muy cerca del muro fronterizo, en memoria de 12,000 hijos que han muerto tratando de cruzar al otro lado